COMPAÑÍA DE TEATRO
Dª Juanita
Migraña, era una buena señora, vecina de un bonito barrio, madre de nueve hijos
(cuatro varones y cinco chicas, si mal no recuerdo). Señora muy oronda y de
mucho peso; tenía el trasero tan gordo como el bombo de Manolo. (Sin ánimo de
ofender)
Matriarca de una
compañía de actores itinerantes, de aquellos de antaño.
Cierto día, estando
sola en casa, por accidente, se cayó de culo sobre un gran barreñón, de los
utilizados para lavar la ropa. Al quedarse encajada, le fue imposible
incorporarse. Se pasó la mañana lamentándose a gritos y llamando a los vecinos,
hasta que consiguió que un señor la oyera a través del patio.
—¡Socorrooo, Sr. Tim!
Su marido, hombre enjuto,
autoritario, serio, de carácter mandón y autárquico, disponía para su uso
personal, de una escupidera dorada con tapadera.
La tenía colocada
sobre la mesa del comedor. Cuando le sobrevenía el espeluzno, lanzaba el
estacazo y lo escondía dentro del recipiente. —¡Así! Sin ningún miramiento.
Estuviera, quién estuviera, ¡le daba lo mismo!
¿Tendría alguna
dolencia crónica?
—¡Cualquiera lo sabe!
—¡Cualquiera lo sabe!
Juanita, alias “La
Comino”, una de las hijas más jóvenes, se echó un novio de Bilbao. ¿Cómo lo
conoció?, eso es un misterio. Desde luego no por internet. ¡No se había
inventado!
Una de las veces
que vino a visitarla, como estaba mal visto que se quedara a dormir en su casa,
también por espacio y por falta de “money” para pagar una pensión. Le pidieron
a una vecina el favor de darle cobijo.
La señora, altruista,
que le hacía favores a todo el mundo, accedió de inmediato; pero como ella tenía las camas justas, se lo endosó al hijo mayor, para dormir con él.
—Maldita la gracia
que le hizo.
—¡Había que ser obediente!
Como el velludo novio,
no usaba pijama, dormía en calzoncillos. — ¡No slip, ni bóxer! ¡nada de eso!,
calzoncillos de lienzo moreno, hechos a mano, seguramente por su abuela, copiando
a los de confección de época y usados por los viejos de antaño, expuestos en
las tiendas pueblerinas. Eran simplemente similares, imitaban a un short, ¡pero
ni parecido!
Tenían perneras
anchas, bragueta abierta y cojonera fuerte.
—¡Así duraban!
—¡Más que un traje
de pana!
El chico,
“acobardado” se acomodaba en el larguero de la cama y así pasaba la noche, quieto,
y más tieso que una vela.
—¡Jo! ¡Vaya tufo!
—Eso de ducharse…
Al regresar a casa
en el autobús, tuvieron la mala fortuna de que, al apearse, la puerta le trincó
la tarta en un descuido; se la aplastó dejándosela como un puré.
—¡Hay perdone, Sª
Mari, le traía una tarta y me la ha pillado la puerta del autobús!
—¡Si la pudieran
aprovechar!
—¡Vaya disgusto, con
lo cara que me ha costado!
—Pelín “majaras”,
bajo mí particular opinión y sin ninguna acritud.
Al consorte de una
de las hijas q.e.p.d. versado en historia contemporánea, le gustaba tomar unas
copitas de anís durante las fiestas Navideñas.
Sin saber, la
causa, rápidamente el espirituoso le hacía efecto y la tercera copa se la
llenaban de agua, para limitar el consumo. Como las papilas gustativas se le
habían anestesiado por el licor, sugestionándose de borrachera, todo le sabía
igual y con la cogorza se explayaba cantando opera a grito “pelao”.
—¡Una furtiva
lacrimaaaa! ♪ ♫ ♫
—Lo que no me
encaja, es como, se las arreglaban para dormir, trece personas en una
casa con solo tres habitaciones. ??
La compañía de
teatro Olivera, compuesta por los hermanos y hermanas (salvo una de ellas,
seguramente más avispada, emigrante a Alemania), recorrían los pueblos actuando
y presentando sus obras en el salón de baile. No cobraban entrada, vivían de lo
recaudado rifando una muñeca u otro utensilio. Durante el entreacto, vendían
tiras de diez números a un duro (si la memoria no me falla). No paraban hasta
conseguir la recaudación diaria, rentable para ir tirando.
Una mano inocente,
del público, extraía de una ajada bolsa, la papeleta con el número premiado y
quedaba hecho el sorteo.
Se desplazaban en
un rudimentario carro, arrastrado por una mula trotamundos, que padecía de un “esparaván”.
En la carreta acomodaban un brasero de cisco y unas mantas, para quitarse la
tiritona del camino.
Más adelante, un
carpintero le fabricó una especie de carromato con literas (tipo caravana),
donde hacían la vida nómada entre los pueblos.
—¡La “faena” era
para la sufrida mula!
—¡Jornada tras jornada, tirando del trasto!
—¡Jornada tras jornada, tirando del trasto!
Pasada la
temporada, de actuaciones, regresaban a casa en las vacaciones de Navidad. A
veces, hacían la turné en los pueblos cercanos, teniendo como base su vivienda
habitual.
Al cabo de un
tiempo, al haber prosperado en lo referente a la cuestión monetaria, se
compraron un flamante vehículo para arrastrar el armatoste. Se trataba de un viejo
Dodge modelo Carnero, seguramente fabricado en los años 30 o 40 del pasado
siglo.
Coche exportado de
los EEUU. Duro como el acero, pero austero al estilo de la época. ¡Eso sí!, no
era tan rápido como la caballería y comía más que ella.
También montaron
una orquesta sinfónica, para amenizar con baile las actuaciones. Tocaban de
oído, entrenándose en el patio. Una de las hermanas manejaba el acordeón, el
cuñado el saxofón y otro hermano, la batería.
¡Tachín, tachín, tachín,
tarará tachín. ♪
Y así todo el día
de jarana en el patio.
–La mar de
entretenido.
Con el tiempo
dejaron el teatro. Eso ya no tenía interés social. Había llegado la televisión
y en los pueblos ubicaban un teleclub.
La mayoría de ellos, emigraron al norte en
busca de trabajo allá por los primeros años 60.
Me enteré por
casualidad que algunos han desaparecido.
Desde entonces no
he sabido nada del resto.
Vivieron en
positivo, echándole valor a la vida, con esperanza y sin mirar atrás. Sin miedo
al fracaso.
Desde aquí:
Mi admiración hacia su esfuerzo para afrontar la trayectoria
de su subsistencia y su sacrificado trabajo.
Así es la vida…
En este relato, los nombres y algunas
situaciones son en sentido figurado, para no herir la sensibilidad de los que
se sientan identificados con estas historias.